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Hace unos
años, creí conocer el amor de mi vida, pero era muy joven aún y no pensaba que
ese era el comienzo de la decadencia sentimental que se avecinaba.
Puse en
práctica esa frase de la canción Antología, “Y me enseñaste a decir mentiras
piadosas, para poder verte a horas no adecuadas”; aprendí lo que es entregarse
a alguien en cuerpo y alma, a amar la locura del otro y vivir con miedo de que
te cambiaran por algo “mejor”.
Conocí el
mundo que mi niñez nunca imagino, conocí el amor en tiempos de redes y al final
no salió bien, los pensamientos de los hombres no suelen ir a la par de los
nuestros; los deseos igual.
PERO,
descubrí que hay desamores que duran un mes (aunque creí que no iba a haber
nada peor), y que el tiempo es el mayor terapeuta.
Decidí vivir
mi vida entre fiestas, amigos y descontrol; nada mal para la soltería.
Aunque con
el paso de los años me preguntaba si no iba a volver a sentir eso que llamamos
amor; sin embargo, no cambie mi forma de pasar los fines de semana.
Ahí cuando
la vida sentimental estaba en STOP, conocí a quien sentí me saco del fango del
importaculismo con quien quise arriesgarme, con quien quería construir un
futuro; pero nuevamente la vida me freno en seco y me alejo.
A este
desamor me refería con el peor y lo defino así porque nadie (que actuó de
corazón) merece cuestionarse qué hizo mal o por qué no fue suficiente. Quien se queda es quien sufre y me costó
aceptar que la vida es eso, asumir que no eres quien debía encajar en sus días
y que lo único que al final importa, es ser feliz.
Durante
varios meses fui soltando los recuerdos, las palabras, los momentos; y que
linda sensación cuando te miras al espejo y sonríes diciendo ¡POR FIN!, lo he
superado, no me duele, no me hunde, no más.
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Lo que no
deja de pesar es la soledad.
Y me
encontraba en ese punto de la vida; en donde las personas que te rodean van y
vienen (y eso no tiene nada de nuevo); básicamente así es esto, conoces a
alguien (salen, disfrutan, aprenden uno del otro, lloran, gimen, ríen, duermen,
sueñan, entre otros placeres más) y el tiempo pareciera no avanzar.
Extrañaba
la sensación de que te muevas las fibras, de que el corazón se sacuda de tanto
polvo, de que los ojos se cristalicen por alguien más.
Me estaba
hastiando ya de las paredes grises y carcomidas por la tristeza y la
melancolía, por esas paredes que he ido construyendo con las malas decisiones,
los errores y las derrotas; pero no había tomado el impulso de abandonar la
encrucijada en la que yo misma me metí; no es fácil abandonar lo que te ha acompañado
durante años, no es fácil soltar esos demonios que hacen parte de ti.
Tome la
decisión de ir escalando sobre los temores y las inseguridades, secar el llanto
que aparece eventualmente y sonreír una vez más.
No estoy
enamorada, estoy en el lapsus donde quieres a alguien, pero la vida se vuelve a
reír; me encuentro en medio de la tiniebla donde después de la salida está el
abismo.
Estoy
viva, porque aun siento.
Pero ¿por qué así?
Por
qué la falta de constancia del mundo, por qué querer abandonar lo que marca la
diferencia, por qué extinguir aquellas cosas memorables, por qué cerrar las
puertas, por qué no gritar lo que sentimos, por qué callar el llanto, por qué
no huir a la felicidad, por qué no sumergirnos en una siesta con el cabello
húmedo, por qué no amar el pecado de vez en cuando, por qué no tomar un bus sin
rumbo fijo, por qué.
Aun no
concluyo.

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